Son las siete y cuarto de la tarde de un martes de finales de septiembre, y en la mesa del salón hay un cuaderno de matemáticas abierto por la mitad, una goma mordisqueada y un niño de ocho años que lleva diez minutos mirando el mismo problema sin escribir nada. Al otro lado de la mesa, uno de los padres intenta no perder la paciencia mientras repasa mentalmente cuánto tiempo llevan ya sentados ahí. El curso empezó hace apenas tres semanas y en miles de casas españolas se repite estos días la misma pregunta: ¿cuánto deberían durar los deberes para que la tarde no gire entera en torno a ellos? En muchos hogares la respuesta cambia cada año, porque cada tutor nuevo trae su propio criterio y cada curso trae más asignaturas con tarea propia. Hay quien resuelve el dilema apuntando al niño a una academia de repaso solo para que alguien más supervise ese rato, y quien decide directamente sentarse cada tarde a hacer de profesor particular sin haberlo pedido. Entre esos dos extremos hay un terreno más razonable, apoyado en investigación real y en la experiencia de los propios colegios españoles, que vale la pena conocer antes de que octubre traiga los primeros exámenes.
La regla de los diez minutos por curso
La referencia más citada en pedagogía sobre este asunto viene de Harris Cooper, profesor de psicología en la Universidad de Duke, que en 2006 publicó en la revista Review of Educational Research una revisión de décadas de estudios sobre deberes escolares. Su conclusión, conocida desde entonces como la «regla de los diez minutos», propone multiplicar el curso del niño por diez minutos de tarea diaria: diez minutos en primero de primaria, veinte en segundo, y así sucesivamente hasta llegar a un máximo razonable en torno a los cien o ciento veinte minutos en los últimos cursos de la ESO. Cooper no defendía eliminar los deberes —de hecho, su estudio encontró una correlación positiva entre tarea y rendimiento a partir de secundaria—, sino evitar que la cantidad de trabajo en casa creciera sin relación con la capacidad de atención real de cada edad.
Aplicada a un niño de ocho años, la regla arroja unos treinta minutos diarios como referencia razonable. Aplicada a un adolescente de tercero de la ESO, sube a noventa. La cifra no es una ley, es una orientación, pero sirve como termómetro: si los deberes de un niño de segundo de primaria ocupan una hora entera cada tarde, algo en el reparto de la carga —o en el ritmo de trabajo de esa tarde concreta— merece una revisión.
Lo que dicen los colegios españoles (y lo que no dice la ley)
España no tiene ninguna normativa estatal que limite el tiempo de deberes por edad o curso; la decisión queda, en la práctica, en manos de cada centro y de cada docente. La Confederación Española de Asociaciones de Padres, Madres y Tutores del Alumnado (CEAPA) lo puso sobre la mesa en noviembre de 2016 con la campaña «Deberes, los justos», pidiendo a las familias que dedicaran esa semana a reducir o eliminar la tarea escolar en casa como forma de presión hacia el sistema educativo. Casi diez años después, la campaña sigue citándose como referencia en los debates de las AMPA, aunque no se tradujo en ningún cambio legal.
Evita comparar directamente la política de deberes de tu colegio con la del centro de al lado: la diferencia entre un colegio que casi no manda tarea y otro que la usa como eje del aprendizaje en casa no responde a una norma común, sino al criterio pedagógico de cada equipo docente, y cambiar de opinión sobre ese punto no depende de una sola familia. Lo que sí puedes hacer es preguntar directamente al tutor, en la reunión de inicio de curso o por la agenda digital del centro, cuál es su criterio de tiempo por edad y qué pasa si un niño concreto necesita sistemáticamente más de ese margen para completar la tarea.
El caso de Cataluña
Cataluña es la única comunidad que ha llegado a formalizar recomendaciones propias: el Departament d'Educació emitió en 2017 una guía para que los centros de primaria revisaran la cantidad de deberes y evitaran que ocuparan el tiempo de juego libre entre semana, sin llegar a prohibirlos. La medida generó un debate encendido entre familias partidarias de mantener la exigencia y otras que la recibieron como un alivio, y ese mismo debate —deberes sí, deberes no, deberes cuántos— sigue abierto curso tras curso en el resto del país sin que ninguna otra comunidad haya seguido el mismo camino de forma explícita.
Señales de que la tarea está pesando demasiado
Hay indicios que delatan una carga de deberes desproporcionada antes de que aparezca en las notas. El primero es la hora a la que se termina: si un niño de primaria sigue con el cuaderno abierto después de las ocho y media de la tarde, con la cena todavía por hacer y la rutina de sueño retrasándose día tras día, el problema ya no es pedagógico, es de horario familiar. El segundo es la procrastinación sistemática —el niño que se levanta a beber agua, a sacar punta al lápiz, a preguntar cualquier cosa que no tenga que ver con la tarea— porque en la mayoría de los casos no es pereza, es una forma de posponer algo que percibe como excesivo o incomprensible. El tercero, más difícil de detectar, es el conflicto que se repite cada tarde entre padres e hijo a la misma hora, con el mismo tono, sobre el mismo cuaderno: cuando los deberes se convierten en la causa fija de la primera discusión del día, la tarea ha dejado de cumplir su función. Hay un cuarto indicio que muchas familias pasan por alto porque no ocurre en la mesa de los deberes, sino más tarde: el niño que se despierta cansado varias mañanas seguidas, aunque se haya acostado a una hora razonable, porque la tensión acumulada de la tarde anterior le ha quitado calidad de sueño sin que nadie lo relacione con el cuaderno de matemáticas. Y hay un quinto, propio de los hermanos mayores: el adolescente que deja los deberes para las once de la noche sistemáticamente no siempre es un problema de organización, a veces es la única forma que ha encontrado de tener un rato del día sin nadie encima. Ninguna de estas señales por separado obliga a cambiar nada, pero la combinación de dos o tres durante varias semanas seguidas sí merece sentarse con el tutor a revisar el volumen real de tarea que se está mandando.
Diez minutos por curso suena a fórmula sencilla, pero la realidad de muchas casas la desmiente a diario. Un niño con dificultades de lectura puede tardar el triple en el mismo ejercicio de comprensión que un compañero sin esa dificultad, y ningún cálculo matemático resuelve esa diferencia. Ahí es donde entra el criterio del tutor: si después de dos o tres semanas de curso un niño necesita sistemáticamente el doble del tiempo recomendado para su edad, vale la pena pedir una adaptación —no eliminar la tarea, sino ajustar su cantidad a lo que ese niño concreto puede asumir sin que la tarde se convierta en un pulso diario.
Herramientas digitales para seguir la tarea
La mayoría de los centros españoles ya gestiona los deberes a través de una plataforma digital en lugar de la agenda de papel de hace una década. Educamos, usada en buena parte de los colegios de la red de Jesuitas y en otros centros concertados, y Alexia, extendida en cientos de colegios públicos y privados de distintas comunidades, permiten a las familias consultar la tarea pendiente día a día y comprobar si un examen se ha movido de fecha. Algunos centros de primaria recurren también a ClassDojo para comunicar tareas puntuales y mantener a las familias al tanto del comportamiento en clase, aunque su uso principal en España sigue siendo la comunicación general más que el seguimiento estricto de deberes.
Mejor opción: revisar la plataforma del colegio una sola vez al día, a una hora fija, en lugar de comprobarla varias veces —la notificación constante genera la sensación de estar siempre pendiente de la tarea, incluso cuando no hay nada nuevo que hacer.
Cómo organizar la tarde sin que se convierta en un aula
Establece un horario fijo para los deberes, pero no inmediatamente al salir del colegio: la mayoría de los pediatras y psicólogos escolares recomiendan dejar al menos treinta minutos de descanso real entre el final de la jornada lectiva y el inicio de la tarea, porque un niño que lleva seis horas concentrado en clase necesita ese margen antes de volver a sentarse a trabajar. No vale la pena forzar la tarea justo después de comer si el niño llega agotado; es mejor reservar ese primer rato para merendar y desconectar, y empezar los deberes cuando la energía ha vuelto, aunque eso signifique retrasar el inicio media hora.
- Un espacio fijo para hacer la tarea, sin televisión de fondo ni el móvil de un hermano mayor sonando al lado.
- Un bloque de tiempo cerrado y realista según la edad, con la regla de Cooper como referencia y no como obligación exacta.
- Revisar la tarea al terminar, no vigilar cada línea mientras se escribe —el niño necesita equivocarse solo para que el profesor detecte de verdad qué no ha entendido.
La familia que consigue estas tres cosas suele llegar a Navidad sin que los deberes se hayan convertido en el tema fijo de las cenas. La que deja que la tarea se alargue sin límite hasta que aparece en la agenda de todos como una tarea más, casi siempre termina discutiendo por lo mismo cada noche del curso.