Hay pocas situaciones tan incómodas para un padre como una rabieta en pleno supermercado, con la cola mirando y algún comentario de fondo. La presión de las miradas ajenas hace que reaccionemos peor de lo que lo haríamos en casa: cedemos para que pare o explotamos por la vergüenza. Ninguna de las dos cosas ayuda.
El público lo cambia todo (pero no debería)
Una rabieta es lo mismo en el salón que en el pasillo de las galletas: un niño desbordado que no sabe gestionar una emoción enorme. Lo que cambia es nuestra reacción, condicionada por la vergüenza. El primer paso es recordarte que la mayoría de la gente que mira o ha pasado por lo mismo o lo entiende, y que la opinión de un desconocido pesa menos que la lección que tu hijo aprende.
Qué hacer en el momento
- Mantén la calma y baja a su altura. Tu serenidad es lo que le ayuda a regularse.
- No cedas por la vergüenza. Si das la chuche para que calle, aprende que la rabieta funciona.
- Si puedes, cambia de escenario: sácalo un momento del estímulo, a un sitio más tranquilo.
- Pon palabras a lo que siente y espera a que pase la ola antes de razonar.
Prevenir las evitables
Muchas rabietas de supermercado tienen detrás hambre, cansancio o un niño arrastrado por recados eternos. Evita hacer la compra grande justo antes de comer o de la siesta, lleva un pequeño tentempié y, si es posible, dale un papel: que te ayude a buscar la fruta o a meter cosas en el carro. Un niño implicado se aburre menos y protesta menos.
Ignora la platea
Que te juzguen desde fuera es lo de menos. Tu trabajo no es quedar bien ante desconocidos, sino acompañar a tu hijo. Un padre que gestiona una rabieta con calma, sin ceder ni gritar, está dando una lección enorme, aunque en ese momento parezca un caos. Y, créeme, casi todos los que miran han estado exactamente en tu lugar.