Los primeros catarros del curso: por qué los niños se contagian tanto al volver al colegio

Por qué los niños encadenan catarros nada más volver al cole, cuántos son realmente normales y qué señales sí justifican llamar al pediatra.

Los primeros catarros del curso: por qué los niños se contagian tanto al volver al colegio

La segunda semana de septiembre suena siempre igual en cualquier grupo de WhatsApp de padres: alguien pregunta si hay "algo raro" circulando por la clase, tres madres responden que su hijo lleva ya dos días con mocos verdes y una añade, resignada, que en su casa "no ha faltado ni un año". No es casualidad ni mala suerte. Entre la tercera semana de curso y mediados de octubre, las consultas de pediatría en España registran uno de sus picos anuales de catarros, faringitis y gastroenteritis infantiles, y el motivo tiene menos que ver con el frío —todavía hace calor en gran parte del país— y mucho más con lo que ocurre quince metros cuadrados de aula.

Por qué se contagian tanto justo al volver

Un niño de tres o cuatro años que empieza la escuela infantil o cambia de aula se encuentra de golpe con virus que nunca ha visto: rinovirus, adenovirus, virus respiratorio sincitial fuera de temporada, alguna cepa de rotavirus que circulaba en otra guardería del barrio. Su sistema inmunitario no tiene memoria de esos patógenos, así que responde con la única herramienta que conoce: fiebre, mocos e inflamación mientras fabrica anticuerpos nuevos. A esto se suma un factor puramente físico que casi nadie menciona en las reuniones de inicio de curso: la densidad de niños por metro cuadrado en un aula de dos o tres años multiplica por diez o por veinte la de cualquier espacio en el que ese niño haya estado durante el verano, ya sea la piscina municipal o el salón de casa de los abuelos. Añade el aire acondicionado o la calefacción recién encendida, las ventanas que se abren menos de lo que deberían y la costumbre —difícil de corregir a esa edad— de tocarse la cara, compartir vasos y morder los mismos juguetes, y el resultado es un entorno diseñado, sin que nadie lo quiera, para que un virus pase de una nariz a otra en cuestión de horas.

Los datos de la Asociación Española de Pediatría son claros al respecto: un niño sano de entre uno y cinco años pasa por seis a ocho infecciones respiratorias al año como media, y esa cifra sube hasta diez o doce durante el primer curso en la escuela infantil o el primer año de colegio tras la etapa de guardería en casa. No es que el niño esté "más débil" ni que algo vaya mal con su alimentación: es exposición nueva y masiva a patógenos que sus hermanos mayores, que ya pasaron por lo mismo hace un par de cursos, suelen sufrir con mucha menos frecuencia.

Cuántos catarros son normales y cuándo empieza a preocupar

¿Diez catarros entre septiembre y junio? No es un fallo del sistema inmunitario de tu hijo: es la media estadística en primero de infantil. La confusión aparece porque a los padres nos parece que "siempre está malo" cuando en realidad cada episodio dura entre siete y diez días y, si se encadenan uno detrás de otro sin apenas una semana de por medio, la sensación de enfermedad continua es real aunque técnicamente sean infecciones distintas. Mejor opción: llevar un calendario sencillo —basta una nota en el móvil— con la fecha de inicio y fin de cada episodio. Esa anotación, más que la memoria, es lo que de verdad ayuda al pediatra a distinguir una sucesión normal de catarros de un patrón que merece más atención, como fiebre que reaparece cada pocos días durante más de un mes o infecciones de oído repetidas que no responden al tratamiento habitual.

El primer curso siempre es el peor

Si tu hijo empieza la escuela infantil este septiembre, ¡prepárate! Es estadísticamente el curso con más bajas por enfermedad de toda la etapa preescolar. La buena noticia, y aquí sí hay un dato tranquilizador, es que la exposición de este año construye una base inmunitaria que se nota ya en segundo curso: los niños que empiezan con dos años suelen enfermar visiblemente menos a los tres, y bastante menos aún a los cuatro, cuando ya han pasado por la mayoría de los virus estacionales comunes en su entorno cercano.

Cómo reducir el contagio sin aislar a tu hijo de sus amigos

No existe ninguna vitamina, jarabe ni "reforzante de defensas" que evite los catarros de la vuelta al cole: ni el zumo de naranja en el desayuno, ni los suplementos de vitamina C que venden en cualquier farmacia por doce o quince euros el bote, ni la vitamina D en gotas —útil por otras razones, pero sin evidencia sólida de que reduzca el número de catarros en niños sanos con niveles normales—. Lo que sí funciona, aunque sea menos vistoso, es más aburrido y más eficaz:

  • Lavado de manos con agua y jabón al llegar y al salir del cole, y sobre todo antes de comer: es la medida individual con mayor evidencia científica detrás, muy por delante de cualquier gel hidroalcohólico.
  • Dormir las horas que le tocan por edad. Un niño de tres a cinco años necesita entre diez y trece horas de sueño; recortar la siesta o retrasar la hora de acostarse en septiembre, cuando el cuerpo ya está haciendo un esfuerzo de adaptación, deja las defensas más expuestas de lo habitual.
  • Ventilar la habitación cada noche y pedir en la reunión de padres que se ventilen las aulas en cada cambio de clase, algo que muchos centros ya recogen en su protocolo pero que no siempre se cumple con el rigor que debería.
  • Una alimentación variada con fruta y verdura a diario, sin necesidad de dietas especiales ni "superalimentos" de turno.

Nada de esto elimina los contagios —eso sería imposible en un aula de veinte niños de tres años— pero sí puede acortar la duración de cada episodio y reducir las complicaciones, que es donde de verdad se juega la diferencia entre un catarro de cinco días y una otitis que acaba en antibiótico.

Cuándo dejarlo en casa y cuándo puede ir a clase con mocos

Aquí es donde más dudan los padres, sobre todo cuando ambos trabajan y no hay abuelos cerca para cubrir la baja. Los mocos claros, sin fiebre y sin que el niño esté decaído, no son motivo para faltar al colegio: prácticamente todos los niños de esa edad tienen mocos buena parte del curso, y mantenerlos en casa cada vez que aparecen dejaría vacías las aulas de infantil de octubre a marzo. La fiebre sí es un límite claro. Con 38 ºC o más, tocados o con mocos amarillos-verdosos abundantes, decaimiento evidente o vómitos, el niño se queda en casa, y no solo por contagio: también porque necesita descansar para recuperarse antes.

Evita la tentación de darle el antitérmico por la mañana para que "aguante" hasta que baje la fiebre y llevarlo igualmente a clase; la mayoría de los centros lo detectan porque exigen que el niño esté sin fiebre y sin antitérmico durante al menos veinticuatro horas antes de reincorporarse, y hacerlo de otra forma solo alarga el contagio a sus compañeros. En gastroenteritis con diarrea o vómitos, el plazo suele ser de cuarenta y ocho horas sin síntomas; en conjuntivitis con legañas, hasta que empiece el tratamiento con colirio, según el protocolo que la mayoría de las escuelas infantiles españolas aplican desde hace años.

Cuándo llamar al pediatra sin esperar a la cita de revisión

La inmensa mayoría de estos catarros se resuelven solos en una semana con paracetamol o ibuprofeno pautado por peso, suero fisiológico nasal e hidratación. Pero hay señales que sí justifican una llamada el mismo día, no una cita para dentro de una semana: fiebre por encima de 39 ºC que no baja con antitérmico, fiebre que se mantiene más de tres o cuatro días seguidos, dificultad para respirar o respiración con silbidos, dolor de oído intenso que no cede, o un niño que deja de beber líquidos y empieza a orinar menos de lo habitual. Ante cualquiera de estos signos, no esperes a ver "si mejora solo" un día más.

Y aquí va la parte que casi ningún artículo sobre vuelta al cole reconoce abiertamente: por muy bien que lo hagas, por mucho que ventiles, laves manos y cuides el sueño, es probable que tu hijo enferme varias veces entre septiembre y Navidad, y eso no significa que estés haciendo algo mal como madre o padre. Es el precio, temporal y previsible, de que empiece a construir sus propias defensas frente a un mundo que hasta ahora conocía muy poco.