Tu hijo lleva toda la tarde en la piscina, llega a casa cenando feliz y a medianoche se despierta llorando, tirándose de la oreja y sin dejarte que se la toques. ¿Te suena esta escena de las últimas semanas de agosto? No eres la única familia que ha acabado en urgencias pediátricas por lo mismo: la otitis del nadador —el nombre popular de la otitis externa aguda— es uno de los motivos de consulta que más se repite entre finales de julio y mediados de septiembre, justo cuando los niños acumulan semana tras semana de piscina, playa y duchas rápidas antes de la cena.
Por qué se dispara justo ahora
El oído externo tiene una capa fina de cerumen que actúa como barrera natural contra la humedad y las bacterias. Cuando un niño pasa dos o tres horas diarias metiendo la cabeza bajo el agua —cloro, agua salada o agua de un lago, da igual—, esa barrera se diluye y se arrastra. El conducto auditivo queda húmedo, cálido y sin protección: el terreno perfecto para que bacterias como Pseudomonas aeruginosa o Staphylococcus aureus proliferen en apenas veinticuatro o cuarenta y ocho horas. Agosto agrava el problema porque coincide con el pico de horas de piscina del año: campamentos urbanos, piscinas municipales abiertas hasta las nueve de la noche y esa costumbre tan española de meter a los niños en el agua tres o cuatro veces al día cuando hace mucho calor. Hay un matiz que suele sorprender a los padres: no hace falta tragar agua ni sumergirse del todo para desarrollarla. Basta con que quede una gota atrapada en el conducto tras la ducha o el último chapuzón de la tarde, sobre todo si el niño tiene el conducto auditivo estrecho o ya tuvo un episodio el verano pasado. La otitis del nadador, además, tiende a repetirse en el mismo oído si no se corrige la causa de fondo, así que un segundo episodio en el mismo verano no es mala suerte: es una señal de que algo en la rutina de secado sigue fallando.
Las señales que no hay que confundir con un simple resfriado
El primer síntoma casi siempre es dolor al tirar del lóbulo o al presionar el pequeño saliente delante del canal auditivo (el trago). Si al hacer ese gesto el niño se aparta o llora, sospecha de otitis externa antes que de un catarro. Otros signos que suelen aparecer en las primeras 24-48 horas:
- Picor intenso dentro del oído antes de que llegue el dolor.
- Enrojecimiento o hinchazón visible en la entrada del conducto.
- Secreción amarillenta o transparente, a veces con mal olor.
- Sensación de oído tapado, como si estuviera bajo el agua todo el rato.
- En los casos más avanzados, fiebre baja y ganglios inflamados junto a la oreja, aunque esto último no siempre ocurre y no debe usarse como criterio único.
La diferencia clave con una otitis media —la típica del catarro de invierno— es justamente esa: en la otitis del nadador duele al mover o tocar la oreja por fuera, mientras que en la otitis media el dolor es interno y suele ir acompañado de mocos y tos.
Cómo prevenirla de verdad
Secar la oreja por fuera con la toalla no sirve de mucho porque el problema está dentro del conducto, no en el pabellón auricular. Lo que realmente marca la diferencia son estos hábitos, ninguno de los cuales lleva más de un minuto:
- Inclinar la cabeza hacia cada lado después de salir del agua y tirar suavemente del lóbulo hacia abajo para ayudar a que el agua atrapada salga sola.
- Usar un secador de pelo en frío o a temperatura muy baja, a unos treinta centímetros del oído, durante diez o quince segundos por lado —¡funciona mejor de lo que parece, y no cuesta nada probarlo antes de recurrir a las gotas!
- Tapones de silicona moldeable para las sesiones largas de piscina o campamento; los de la gama Nabaiji de Decathlon rondan los 6-8 € y se reutilizan toda la temporada.
- Gotas secantes de venta libre en farmacia (alcohol boricado al 70 % o combinaciones como Otocalm) una o dos veces por semana tras el baño, nunca a diario porque también pueden irritar la piel del conducto.
- Evitar los bastoncillos de algodón dentro del oído. Empujan el cerumen hacia dentro en lugar de sacarlo y, de paso, arañan la piel que se supone que están limpiando.
Mejor opción si el niño ya ha tenido otitis del nadador más de una vez: combina tapones y gotas secantes desde el primer día de piscina, no esperes a que reaparezca el dolor. No merece la pena arriesgarse a otra semana sin poder bañarse por ahorrarte cinco minutos de rutina.
Ojo con un matiz importante: si tu hijo lleva tubos de drenaje transtimpánicos (los llamados "diábolos") por otitis de repetición en invierno, el alcohol boricado está contraindicado y hay que usar tapones específicos aprobados por el otorrino, no los genéricos de piscina. Pregúntalo en la revisión de verano si no estás segura del tipo que le corresponde.
Qué hacer si ya ha aparecido
Si el dolor ya está ahí, lo primero es sacarlo del agua durante unos días —piscina y mar incluidos, aunque proteste—. Nadar con el oído inflamado no solo duele más, también reintroduce la humedad justo cuando el conducto necesita secarse. El tratamiento habitual son gotas óticas antibióticas combinadas con corticoide, recetadas por el pediatra tras confirmar que el tímpano está íntegro; suelen aplicarse tres o cuatro veces al día durante una semana y el alivio del dolor llega, en la mayoría de los casos, a las 48-72 horas de empezar. El paracetamol o el ibuprofeno a dosis pediátrica ayudan con el dolor mientras hacen efecto las gotas. Evita las gotas óticas que tengas guardadas de un episodio anterior sin consultar antes: si esta vez el tímpano está perforado o hay un tubo de drenaje, algunas fórmulas están contraindicadas y pueden dañar el oído medio. Algo que muchos padres no saben: el pediatra necesita ver el conducto con el otoscopio para confirmar el diagnóstico, así que evita ponerle cualquier gota antes de la consulta si puedes esperar unas horas. La inflamación y la secreción dificultan ver bien el tímpano y a veces obligan a repetir la visita al día siguiente. Si el dolor es tan fuerte que no aguanta hasta la cita, dale el analgésico igualmente; eso no interfiere con el diagnóstico posterior.
Cuándo llevarlo al pediatra sin esperar
La mayoría de los casos se resuelven en consulta ordinaria, pero hay señales que piden cita el mismo día o una visita a urgencias: fiebre por encima de 38,5 °C, hinchazón que se extiende más allá de la oreja hacia la mejilla o el cuello, salida de líquido con sangre, o dolor tan intenso que el niño no deja tocarse ni la almohada del lado afectado. Una consulta privada con otorrino en España cuesta entre 60 y 90 € según la ciudad, así que si tenéis pediatra de referencia en el centro de salud, esa es la vía más rápida y sin coste antes de plantearse la privada.
Dos mitos que conviene olvidar
El primero: que el agua del mar, al ser salada, no puede causar otitis. Falso —de hecho, el agua estancada en piscinas privadas mal cloradas suele ser peor porque acumula más bacterias que una piscina municipal con control diario. El segundo: que ponerle un gorro de baño evita el problema. El gorro protege el pelo, no el conducto auditivo, así que seguir usando tapones es lo que realmente reduce el riesgo.
Quedan pocas semanas de piscina antes de que empiece el curso. Con los tapones puestos y el secador a mano diez segundos por oído, la mayoría de estos episodios se evitan sin necesidad de renunciar a los últimos baños del verano.