Elogiar a los hijos parece algo bueno por definición, y lo es. Pero no todos los elogios construyen igual. Decir "qué listo eres" cada vez que un niño acierta puede tener, sorprendentemente, un efecto contrario al que buscamos: que tema equivocarse para no perder esa etiqueta de listo. El secreto está en qué elogiamos.
Esfuerzo frente a capacidad
Cuando elogiamos la inteligencia o el talento ("eres muy listo", "se te da genial"), el niño aprende que su valor depende de una cualidad fija. Ante una dificultad, puede pensar que si le cuesta es que ya no es tan listo, y evitar los retos para proteger esa imagen. En cambio, cuando elogiamos el esfuerzo y la estrategia ("has trabajado mucho en esto", "has probado de otra forma"), aprende que mejorar depende de él. Esa diferencia moldea su forma de afrontar los desafíos.
Elogios que construyen
- Valora el proceso: "te has esforzado un montón" en lugar de "qué bien te ha salido".
- Sé concreto: "me gusta cómo has usado los colores" dice más que un "qué bonito" genérico.
- Reconoce la perseverancia: destacar que no se rindió pesa más que el resultado final.
- Evita el elogio vacío constante: si todo es "perfecto", la palabra pierde valor.
El riesgo del aplauso permanente
Celebrar cada pequeña cosa que hace el niño con una ovación puede parecer cariñoso, pero crea dependencia de la aprobación externa. Un niño que solo hace las cosas por el aplauso pierde la motivación cuando este no llega. Conviene ayudarle también a disfrutar de la satisfacción propia: "¿Qué te parece a ti cómo ha quedado?" le enseña a valorar su trabajo sin depender siempre de los demás.
Autenticidad ante todo
Los niños detectan el elogio hueco enseguida. Más vale un reconocimiento sincero y concreto que una catarata de halagos automáticos. Elogiar bien no es elogiar más, sino hacerlo con intención: poniendo el foco en lo que el niño puede controlar (su esfuerzo, sus decisiones, su perseverancia) para que construya una autoestima sólida y no dependiente del resultado.