El olvido estival: cuánto aprendizaje pierden los niños en verano

El olvido estival: cuánto aprendizaje pierden los niños en verano

Once semanas seguidas sin clase. Esa es, de media, la pausa veraniega que se toman los colegios españoles de primaria y secundaria —entre 79 y 84 días, según los datos que recoge la red europea Eurydice—, y solo Bulgaria, con sus dieciséis semanas, deja a sus alumnos más tiempo lejos del aula. Portugal e Italia rondan cifras parecidas a las españolas; Alemania, Dinamarca o los Países Bajos cierran seis semanas como mucho. La pregunta que muchos padres se hacen en julio, con el curso ya lejos y septiembre todavía más lejos, es sencilla: ¿qué le pasa a lo que su hijo aprendió en clase durante todo ese tiempo?

La respuesta tiene nombre: se llama olvido estival —«summer slide» en la literatura académica anglosajona— y lleva casi treinta años estudiándose en las aulas de medio mundo. No es una teoría marginal ni una preocupación exclusiva de padres ansiosos: es un fenómeno con estudios de referencia detrás, aunque, como se verá más adelante, no todos los investigadores están de acuerdo en su magnitud real.

Un mes de clase que se esfuma en julio y agosto

El estudio de referencia sobre este fenómeno lo firmaron Harris Cooper, Barbara Nye, Kelly Charlton, James Lindsay y Scott Greathouse en 1996, en la revista Review of Educational Research. Analizaron treinta y nueve investigaciones distintas y llegaron a una conclusión que se sigue citando hoy: de media, el alumnado pierde el equivalente a un mes de aprendizaje durante las vacaciones de verano. Y ese mes no es un dato aislado: aparece, con variaciones, en la mayoría de las réplicas posteriores realizadas en distintos países. El golpe, además, no se reparte por igual entre materias. Las matemáticas —sobre todo el cálculo mecánico, las tablas de multiplicar, las operaciones que se aprenden a base de repetición— sufren más que la lectura, con retrocesos que en algunas estimaciones llegan a los dos meses y medio. La lectura, en cambio, resiste algo mejor: un niño que ve series con subtítulos, lee cómics o simplemente vive rodeado de texto escrito sigue practicando sin darse cuenta, aunque no abra un libro de texto en todo agosto.

España, la número dos del ranking europeo de vacaciones largas

Durante años, España encabezó el ranking de vacaciones estivales más largas de Europa. Ya no es así: ese primer puesto lo ocupa ahora Bulgaria, con casi cuatro meses seguidos sin colegio. Pero España sigue en el grupo de cabeza, junto a Portugal, Italia, Irlanda o los países bálticos, con entre doce y trece semanas de parón, frente a las seis semanas de Alemania o Dinamarca y las ocho o nueve de Francia, Bélgica o Austria. El curso escolar español suele arrancar en torno al 20 de junio y no retoma hasta mediados de septiembre, con las escuelas cerradas casi tres meses seguidos. Cantabria es, de momento, la única comunidad autónoma que ha roto con ese modelo: desde hace seis años reparte las vacaciones en cuatro cortes durante el curso —Todos los Santos, Navidad, febrero y Semana Santa— y acorta el verano a cambio. El experimento divide opiniones entre familias y docentes, pero al menos demuestra que el calendario español no es la única forma posible de organizar el año escolar.

¿Mito o realidad? El debate que pocos padres conocen

No todo el mundo da por cerrado el debate. Paul von Hippel, investigador de la Universidad de Texas en Austin, ha intentado replicar varias veces los estudios clásicos sobre el olvido estival sin conseguir resultados tan claros como los originales. Al revisar el trabajo pionero —el Beginning School Study, realizado en 1982 con 838 alumnos de primer curso en Baltimore—, von Hippel encontró que buena parte del problema estaba en cómo se medía el aprendizaje: algunas preguntas de los test eran tan difíciles para niños de esa edad que las respuestas falladas exageraban artificialmente la caída. Dicho de otro modo: es posible que el fenómeno exista, pero que su tamaño real sea menor del que sugieren los titulares más alarmistas. Conviene que lo tengas presente antes de convertir julio y agosto en una extensión encubierta del curso escolar —por mucho que el olvido estival sea real, no lo es tanto como para justificar deberes obligatorios en pleno agosto.

La brecha que se abre en silencio

El impacto del olvido estival no golpea a todos los niños por igual. La Asociación Nacional de Aprendizaje de Verano de Estados Unidos sostiene que, en primaria, esta pérdida veraniega explica hasta dos tercios de la brecha de lectura que separa a los niños de familias con menos recursos de sus compañeros de clase media. La razón no es misteriosa: un niño con acceso a campamentos, bibliotecas, viajes o simplemente una casa llena de libros sigue aprendiendo sin proponérselo durante julio y agosto, mientras que otro puede pasar toda la temporada sin más estímulo que la televisión. Esa diferencia, repetida verano tras verano a lo largo de la primaria, se va acumulando —y para cuando llega secundaria, ya no habla de un mes de retraso, sino de una desventaja estructural difícil de revertir solo con buena voluntad docente en septiembre.

Quince minutos al día baten a una hora los domingos

La ciencia cognitiva lo tiene claro desde hace décadas: la práctica espaciada vence casi siempre a la práctica concentrada.

Dedicar quince o veinte minutos diarios a leer, calcular o simplemente pensar en voz alta consolida mucho mejor el aprendizaje que una sesión larga y aislada el domingo por la tarde, cuando ya nadie tiene ganas de nada. Mejor opción: quince minutos de lectura libre cada noche antes de dormir que un sábado entero peleado con un cuadernillo de repaso. Y no hace falta que ese rato parezca clase —de hecho, cuanto menos lo parezca, mejor funciona—. Algunas ideas que cumplen esa condición:

  • Deja que ayude a cocinar: medir ingredientes, repartir raciones o calcular cuánto arroz hace falta para seis personas es matemáticas sin que suene a matemáticas.
  • Los juegos de mesa con puntuación —el dominó, el parchís, cualquier juego de cartas con sumas— mueven operaciones básicas de forma natural, sin que nadie lo llame ejercicio.
  • Los cómics y las revistas cuentan como lectura. Que un niño de nueve años se lea entera una colección de tebeos vale tanto como un libro de texto, y probablemente le vale más, porque lo hace por gusto y no por obligación.
  • Un cuaderno de viaje o un diario de verano, aunque sean cuatro líneas al día, mantiene viva la escritura sin que parezca deberes.
  • Darle un par de euros para gestionar en la feria o el chiringuito de la playa —y dejar que se equivoque calculando el cambio— enseña más aritmética real que una hoja de sumas.

Hay más ideas, por supuesto, pero todas comparten el mismo principio: aprendizaje camuflado dentro de algo que ya estaba pasando de todos modos —y ninguna suena a cuaderno de repaso, que es justo lo que buscamos. Eso sí: no lo llames «deberes de verano» delante de tu hijo, ¡la palabra sola le quita las ganas antes de empezar!

Lo que no deberías hacer (aunque tengas buena intención)

El error más habitual no es no hacer nada: es hacer demasiado, y mal. Comprar el cuadernillo de matemáticas en junio, imponer media hora obligatoria cada mañana y convertir la piscina en un premio condicionado a terminar la ficha es la fórmula perfecta para que tu hijo asocie el verano con obligación escolar y termine odiando, por extensión, la asignatura que querías reforzar. Evita los cuadernillos de repaso de veinte páginas que inundan las papelerías cada junio: la mayoría acaban a medio hacer en un cajón y generan más discusiones familiares que aprendizaje real. Tampoco vale la pena apuntar a un niño de siete años a una academia de verano solo por miedo al olvido estival —ese miedo, como se ha visto, está probablemente sobrevalorado, y hay formas de cubrir el mismo hueco sin que parezca un curso encubierto. Lo que sí funciona, según coinciden la mayoría de los estudios, son sesiones cortas y frecuentes integradas en la rutina diaria, no maratones de fin de semana pensados más para tranquilizar la conciencia de los padres que para enseñar nada.

Si en septiembre el tutor de tu hijo dedica la primera quincena a repasar las tablas de multiplicar, no ha fracasado nadie. Es, simplemente, lo que pasa siempre en septiembre —y once semanas después de junio, es lo más normal del mundo.